El reto de torear "Casta Navarra" I: Arriazu, la gloria.
- Imanol Sánchez Vizcor
- 30 ene
- 8 Min. de lectura

Hola, hola, querido lector. Enfrentarse constantemente a retos conlleva una incertidumbre, antes, durante y después del reto. Cuando se trata de algo que va a contracorriente ya ni te cuento…
Por ello quiero contarte todo lo que viví en 2021 (Hoy la experiencia ante toros de Arriazu) y 2022 (El próximo día ante toros de Reta), y la enseñanza que me dejó al ser uno de los pocos toreros qué después de ciento veinte años volvieron a enfrentarse a toros de la temida “Casta Navarra”. Si eres aficionado sabrás muy bien de que te hablo, de las complicaciones que ello conlleva y de lo complejo que es adaptar el toreo moderno a una embestida del siglo pasado. Si no eres aficionado, déjame explicarte que dentro de las ramas que fundaron hace siglos lo que hoy se conoce como “toro de lidia”, esta como casta fundacional la “Casta Navarra”.
La características principales de estos toros son su inteligencia, su agilidad y brusquedad en las embestidas y un peligro constante para el torero que se pone delante. No se abre demasiado (esto quiere decir que sabe dónde está el torero, y es difícil engañarlo con el capote o la muleta pasando muy cerca y recto de él). Esas características hicieron que este tipo de toro se dejara de lidiar por los toreros a finales del siglo XIX principios del XX, en el momento en el que el toreo comienza a concebirse más artísticamente de como se realizaba por aquel tiempo.
Puesto esto en antecedente, en 2021 medio pasada la pandemia, lo recuerdo como si fuera ahora, recibí una llamada de D. Víctor Arriazu, representante de una de las ganaderías insignia de la Casta Navarra, la de D. José Arriazu e Hijos, lugar donde me he criado y preparado como torero desde mis inicios, y casa ganadera a la que le debo mucho en mi carrera. En la conversación el ganadero me presunta “si estaría dispuesto a matar una corrida de toros suya”, os puedo asegurar, más con el corazón en la mano que con la cabeza en su sitio, que le dije -¡Hombre Víctor, no jodas, si alguien tiene que matar esa corrida soy yo!-.
Se me presentaba la posibilidad de matar a final de temporada una corrida de toros, que iba a ser histórica por muchas circunstancias. La primera porque más de cien años después se volvían a lidiar de manera regular y en corrida de toros una corrida de Casta Navarra en España, y lo segundo por lo que suponía para el aficionado mas avezado que este encaste generará interés en los tendidos y se recuperará en España para la lidia ordinaria.
Todo era muy bonito hasta que el empresario José López, hiciera público el cartel y el lugar. La corrida se celebraría en Torres de la Alameda (Madrid), el 9 de octubre y los compañeros de cartel serían Octavio Chacón y Pérez Mota. En ese momento, viví algo indescriptible, saber lo que significa un reto de esa envergadura. División de opiniones; por un lado, los aficionados nos felicitaban en conjunto por apostar y aceptar el reto. Lo más sorprendente fue que algunos profesionales del sector criticaban la acción; “Imanol te estas equivocando, eso no es el toreo”, “Imanol, te vas a inmolar y no va a servir de nada”, “Imanol eso que vais a hacer es de julais”, “Torean eso porque no tienen otra cosa”, bla bla bla… Lo cierto es que a estas alturas muchos comentarios en redes ya ni te molestan, pero comentarios y/o conversaciones con profesionales te hacían pensar, incluso preguntarte en algún momento si te estabas equivocando.

Desde luego era un reto difícil. No es lo mismo tentar eralas o utreras que dos señores toros de un hierro al que tanto le debo. En esa casa me he criado como si fuera un hijo más y mi responsabilidad no era matarla y vale, era demostrar lo que es el hierro. Tuve que lidiar tiempo con la incertidumbre, la ilusión, las alabanzas y las críticas. Vamos un cóctel explosivo para la cabeza de un torero como yo, que no tienen muchas posibilidades de torear cada temporada. Pero algo tenía claro, he sido fiel defensor de las causas perdidas, así me ha ido muchas veces en mi profesión… no me gusta hacer lo que hacen todos porqué “toda vida se ha hecho así” si considero que se pueden hacer otras cosas apuesto por ello pase lo que pase. Al final quien las hace soy yo, y no el resto. Si pierdo aprendo. Si triunfo eso que eme llevo.
Pero lo más importante era la ilusión de poder devolverles a los ganaderos todo lo que me habían dado hasta ese momento en mi carrera. Poco a poco estaba cada vez mas convencido de que podía sorprender. Convencido hasta el día de antes de la corrida. Día en el que me pegué desde la mañana hasta la noche vomitando, y perdonen la expresión “cagandome por la pata abajo”, y yo echándole la culpa a mi hermano pensando, o queriendo convencerme que era por un chocolate en mal estado que me había traído… Lo que tenía era simple y llanamente MIEDO, miedo al toro y a lo que se me venía encima…. Cada vez que se lo recuerdo se muere de la risa.
Llegó el día de autos. Ese día casi ni comí, pero al llegar a la plaza vestido de luces, vi los primeros atisbos de importancia de la tarde. La plaza estaba llena. Había gente llegada desde todos puntos de España, principalmente de Aragón, Navarra, La Rioja y Valencia donde Arriazu tiene mucho cartel en los festejos taurinos populares, pero también había grandes aficionados de Madrid. Fue muy bonita la entrada al coso viendo a cientos de personas que conoces y que ves en muchos encierros o capeas y que se habían desplazado para ver la corrida con suma expectación.
Llego el momento del paseíllo, estaba mas tenso que un libro de mármol. Tras dos toros, toros que presentaron ciertas complejidades, salió mi primer "colega colorado" en suerte, el tercero. La verdad es que se dejó bastante (quiero decir que pude estructurar una faena ante el) y le pude cortar una oreja. Al menos había puntuado y en ese momento me quite cierta presión de encima.
El “relajo” duro poco. El siguiente toro la presión en mi aumentó. Salió el cuarto, un gran toro, bravo y embistiendo con emoción y largura a la muleta de mi compañero Octavio Chacón, que lo entendió y cuajó a la perfección. Una faena rotunda y llena de emoción que puso a los tendidos en pie. Cortó dos orejas. La presión sobre aumentaba. El quinto, un toro muy complicado y con mucho peligro de Perez Mota. Eso si fue otro golpe de realidad, Arriazu es eso también. La dureza de un toro que quiere más arrancarte la cabeza que embestir a la muleta.
Hubo un momento en el callejón en el qué estuve a punto de venirme a bajo. Un compañero nos había dado un repaso toreando un toro de “Casta Navarra” y al otro lo veía cogido todo el rato por lo el comportamiento propio de la "Casta Navarra". Pase miedo solo de ver el peligro al que se expuso mi propio compañero.
Pero si algo tenemos los toreros es ese punto de asumir las circunstancias tirando para adelante incluso estando dispuestos a morir, pase lo que pase. Me decidí, me calé la montera y dije que sea lo que Dios quiera. Aun recuerdo a mi hermano y a mi banderillero y amigo Mariano Ruíz diciéndome; ¡A por todas eh! ¡No puedes fallar!, y yo pensando para mi… que fácil es decirlo cabronazos…
Se abría la puerta de chiqueros. Mí ultimo toro en suerte. Último de la tarde. Alto, corniabierto, colorado por supuesto, sin humillación, brusco y muy listo. Pararlo con el capote fue una odisea, recuerdo que solo pegaba tornillazos y cada vez que me tocaba el capote parecía que me lo arrancaba de las manos. Su lidia inicial no fue muy estética, pero pude dominarlo y dominar mi mente.
Brindé a D. José Arriazu. Con la muleta ya montada me fui al toro para doblarme con él. En el momento del primer contacto el pitón del toro me dio en el cuello, y oía ya por detrás; “Imanol coge la espada y a matarlo que no tiene nada”. Pero si algo me ha enseñado esa casa es, que hasta que se demuestre lo contrario todos toros tienen faena. Y la tenía. Con mucho peligro pero la tenía. No lo veía nunca que quisiera coger la muleta, pero me sentía con fuerza, pleno y convencido de que o le ganaba la pelea o estaba dispuesto a acabar donde fuera. Incluso en la enfermería. Fracasar me iba a doler más. Aposte por el toro, por los ganaderos y por los aficionados, y el toro fue respondiendo por el pitón izquierdo.

No era la faena del siglo. No era la faena más bella y estética que se pudiera ver hoy día. Pero era mi faena. Una faena llena de emoción (que creo que es la base en esto de los toros). Ese toro que quería quitarme la vida, realmente me la estaba dando. Vencer todas aquellas dificultades del toro, de la tarde y de los meses atrás, para mí ya me estaban haciendo vencedor. Hasta que llego uno de los momentos más bonitos de mi carrera. No eran Las ventas de Madrid, pero era Torres de la Alameda. Entregado al toro, desconectado de la realidad, descubrí lo que significaba sentir el respeto verdadero del público, cuando me cruzaba ante el toro. Sentir aquellos silencios y aquellos olés, han sido de lo mas bonito de mi vida. Pero llegaba el momento crucial, después de aquel esfuerzo, y de aquello que había conectado con el público llegaba el momento de la suerte suprema. El toro era alto y amplio de cornamenta. Y yo alto no es que sea… Me acuerdo que en esos segundos que fui a por la espada de matar me decía… ¡Cabron no puedes fallar!.
Cuando me cuadré con el toro vi la realidad de como era. No le veía la muerte. Se produjo un silencio que daba miedo. Sabia que si entraba como siembre al “vola pié” tendría que salirme de la suerte para que no me alcanzara el pitón y casi seguro fallaría. Así que convencido me dije, para adelante, lo vi claro y me metí en medio de los pitones. Sali rebotado al darme la testuz en el pecho, y cuando oí el sonido de la gente, vi que lo había conseguido.
Aquella faena para mi ha sido de las mas emocionantes de mi vida por todo que fui capaz de vencer. Por el cariño que recibí del público. Mi conexión con los aficionados, Por como me respetaron. Por todo lo que me dio interiormente y por tener una recompensa al apostar por un reto que muchos no veían claro. Mi vuelta al ruedo con las dos orejas y la puerta grande nos las olvidare nunca. Tres cuartos de hora me peguen debajo de la ducha llorando como una madalena después de aquellos esfuerzos. Cosas de las emociones. El triunfo duro poco. Fue muy efímero. Pero la lección personal fue tremenda: Si estas convencido apuesta por cualquier reto. No hagas caso a las críticas. Tu vida es tuya, la vives tu. Así que vívela como quieras tu. Y no tengas miedo a hacer aquello que no hace nadie.
Comentarios