Esto pasa cuando toreas de salón en el centro de Zaragoza.
- Imanol Sánchez Vizcor
- 3 mar
- 4 Min. de lectura

No hace ni dos minutos que he entrado por la puerta de casa y me he venido directo al ordenador a dejar plasmada una reflexión que me acaba de surgir mientras toreaba de salón en un pequeño parquecito de arena que tengo debajo de casa, y es que en nuestro afán de no dejar morir la tauromaquia somos muchos los que luchamos por fomentar, divulgar y defender algo más que nuestro trabajo o nuestra pasión: la libertad.
En ese intenso trabajo de fomento, muchas veces, y aquí entono yo también el "mea culpa", queremos imponer en la sociedad una normalización de la tauromaquia, perdiendo precisamente eso: la naturalidad de ser torero o aficionado a los toros. ¿Qué quiero decir con esto? Muy sencillo, que en nuestro objetivo de seguir vivos como colectivo taurino en la sociedad utilizamos estrategias para que la propia sociedad o los medios de comunicación generalistas no nos aboquen al ostracismo, y quizás el exceso de imposición genere en ocasiones el efecto contrario.
Te preguntarás, pero ¿a qué viene todo esto, Imanol? Como te decía, hoy, después de hacer el entrenamiento físico, me he puesto a torear de salón (ejercicio que compone parte del entrenamiento de un torero) en un pequeño rincón que tengo debajo de casa y que, en los días que no sopla en Zaragoza nuestro amigo Eolo, se está bastante cómodo. Un lugar de tránsito de personas, perros, vecinos y ciudadanos que, como es obvio, miran, se paran a hacer fotos con sorpresa al ver torear prácticamente en medio de la ciudad.
Lejos de generar rechazo, quiero compartir con vosotros, desde la máxima felicidad, lo que provoca realizar este ejercicio con normalidad, sin complejos y por necesidad propia. Muchos pensaréis: "Seguro que alguno de esos viandantes te ha dicho alguna tontería al respecto". Alguna vez sí, pero son la minoría.
No obstante, a lo que vamos; durante la hora y pico que he estado toreando de salón, habrán pasado por el parquecito un centenar de personas. Y me ha sorprendido gratamente el respeto e incluso la admiración con la que muchas de esas personas se han parado a hablar conmigo. Podría pegarme un buen rato contándote las conversaciones con todas ellas, pero me focalizaré en las que más me han llamado la atención, desde una señora de Perú muy aficionada a los toros, que me ha contado la gran efervescencia que está teniendo el país en cuanto a tauromaquia gracias a Roca Rey, así como le he contado que hace algunos años estuve toreando en Cajamarca, una región del país andino. Pasando por unos abuelos que se han sentado a mirarme y hasta que no he cambiado el capote por la muleta, no han querido molestarme.
—¡Qué tal, joven! ¿Así se torea fácil, eh? Me han dicho de broma.
—¡Y tanto que sí, señores, así es otra cosa a cuando sale el de los rizos! Les he contestado mientras reíamos todos juntos.
Y así ha seguido una pequeña conversación en la que me han preguntado si ya había tomado la alternativa, de dónde era y he aprovechado para preguntarle si le gustaban los toros. Alguno me ha dicho que ve a los "jovencicos" en "el canal de Andalucía"; otro me ha dicho que no, pero que los respeta. En fin, cada uno su parecer, y así he seguido hasta que me he podido poner al menester que me ocupaba, que era seguir toreando de salón.
Entre los allí presentes llevaban también un buen rato dos chicas jovencillas, con sus mochilas. Me atrevería a decir que han hecho pellas y han salido a fumarse su cigarrito. Sin faltarme el respeto, veía que se sonreían, normal. No es habitual ver a alguien en la calle con un capote y una muleta. Para mí, es mi día a día. Para la gente, entiendo que no. Total, en una de esas, a modo de cachondeo, me han dado dos "¡Olés!".
Me he reído y les he dicho ¡Es raro ver a alguien torear en un parque, ¿no?!".
—¡Demasiado! —me han contestado entre risas a la vez que me han preguntado para qué lo hacía. Y porque un capote era rojo y otro rosa. Les he contado un poco de qué trataba torear de salón y la diferencia entre el capote y la muleta. Y, entre tanto, ambas jóvenes, poco familiarizadas con la tauromaquia, me han preguntado lo habitual: ¿no te da pena matar al toro? Les he respondido desde mi perspectiva, y me han confesado que no son muy partidarias de las corridas de toros, pero que creen que desconocen mucho más allá de lo que hay.
Con un "-¡Venga, te vamos a seguir en Instagram a ver si aprendemos algo de esto!" se han despedido.
Después de las conversaciones mantenidas, he reflexionado y me he dado cuenta de que hacer algo de forma natural genera en la mayoría de los casos que las personas te perciban de otra manera a cuando quieres imponer algo. Es decir, te aceptan con naturalidad incluso si no piensan como tú. Me atrevería a decir, después de lo experimentado y tras parar a reflexionar sobre ello, que acaban respetándote e incluso empatizando de alguna manera.
Haciendo un símil, hoy que está a la orden del día; esto es como cuando queremos viralizar un vídeo, en el que implementamos todo aquello que nos han enseñado sobre comunicación, marketing, algoritmos. Nos esforzamos por grabarlo y editarlo con la mayor calidad y cuando lo publicamos, ¡¡¡Booooomm!!! El vídeo tiene una mierda de visualizaciones. No ha funcionado, no ha alcanzado los objetivos de audiencia previstos. Sin embargo, a los días, publicamos un vídeo sin editar, surgido espontáneamente de la nada y… ¡¡¡¡ZASCAAAA QUE TE ZASCA!!! El vídeo tiene cientos de miles de visualizaciones. Se ha hecho viral.
¡Eh! Ahí está el ejemplo. Lo más natural es lo que más cala en las personas. Por eso la reflexión de hoy me deja un buen aprendizaje: para socializar y normalizar la tauromaquia no solo hay que quitarse complejos del miedo a no ser aceptados por parte de la sociedad, sino que debemos sentir de manera natural que ser torero, ganadero, recortador o aficionado a los toros es eso, algo NATURAL.
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